Soy un folklórico, sí, y a mucha honra

“M’exalta el nou, i m’enamora el vell.”
–J. V. Foix.

 

Víctor F. Clares | @victorclares

Cuando hace un tiempo me preguntaban sobre la música que me gustaba siempre decía lo que dice todo el mundo: “No sé, de todo”. Y luego, pensándolo bien, especificaba: “Me gusta mucho el flamenco. Me gusta mucho el folklore en general”, decía. Y recuerdo que, ante esta respuesta, mucha gente me miraba extrañada. No solo eso. Algunos incluso se reían, otros ponían cara de estar masticando un limón y otros, de vez en cuando, hasta me lanzaban alguna divertida pero envenenada frase: “¡Qué dices! O sea que eres un folklórico”, o también, “¡Vaya folklórica eres!”. Al principio les miraba perplejo y hasta me medio molestaban, pero con el tiempo cambié de actitud.

Ahora, cuando se ríen de mí porque digo claramente que me gusta la música de raíces hago una de estas dos cosas: o me río yo de ellos, o me pongo triste al pensar lo que se están perdiendo por no querer ni siquiera descubrirla. Nadie me va a ofender a día de hoy por ser un admirador del folklore, que es patrimonio universal de los pueblos. Nadie me va a poder ofender tampoco por llamarme folklórico entre risas, y mucho menos por llamarme folklórica. Hay gente que usa cualquier connotación femenina para ridiculizarte todavía más. Yo, como Iggy Pop, no me avergüenzo al ser comparado con una mujer, porque no considero que sea una vergüenza ser una mujer. Pero ése es otro tema.

Sí, me gusta el folklore. Lo digo a boca llena. Me gusta el folklore porque es la música que nace del pueblo y para el pueblo. Me gusta el folklore porque es un arte de creación colectiva. Me gustan sus canciones porque están escritas por mucha gente. Me gusta el folklore porque representa la poderosa capacidad que tienen las personas de reunirse, de juntarse, de dar sus opiniones, de ser una comunidad. Me gusta el folklore porque es la música que mis bisabuelos enseñaron a mis abuelos, que mis abuelos enseñaron a mis padres y que mis padres me enseñaron a mí. Y así más en particular, también me gusta el folklore porque es la música que ponía mi abuela María en el coche de camino a Granada, o la que me cantaba para que me durmiera mientras mis padres trabajaban.

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Graffiti de Repo en homenaje a Camarón, en un bloque de las Tres Mil Viviendas de Sevilla

Digo más: me gusta el folklore porque es la música que nace en la calle y en las plazas, y no en los despachos de una gran compañía discográfica. Esa música también me gusta, a veces. Me gusta el folklore porque nace de reuniones de poetas y de músicos y no de encuentros de managers y empresarios. Me gusta el folklore porque está cerca de la poesía y lejos de la hipocresía. No hace trampas ni quiere trampas. Me gusta el folklore porque me gusta la sencillez. Me gusta como están escritas esas canciones: versos de palabras sencillas que hablan de cosas grandes y universales.

El folklore, la música de raíz, es un arte denostado. Se ha usado como arma de propaganda política. Se ha asociado a la idea de que es algo casposo, carca. Se ha usado también como atracción turística, como reclamo para hacer dinero. Pero lo peor es que se ha asociado a lo caduco, a lo conservador, cuando yo creo que está más cerca de lo transformador.

No solo escucho música de raíz. Pero la escucho. Y querría que la escuchara más gente. Sin prejuicios. Me gustaría que descubrieran a artistas que nada tienen que ver con esa idea lo casposo, sino más bien con todo lo contrario. Hay creadores que han sido verdaderos reformadores. Me gustaría que escucharan a Pepe Marchena o a Valderrama, y sus guajiras; a Toti Soler y sus sardanas, a Bambino y sus rumbas. A Lole y Manuel y su nuevo flamenco. A Camarón, o a Morente. Me gustaría que escuchasen a Violeta Parra, a Víctor Jara, a Mercedes Sosa, a Chavela Vargas, a Simón Díaz. O a Bola de Nieve, Carlos Di Sarli, João Gilberto, Novos Baianos, Caetano Veloso, Tom Zé, Omara Portuondo, Cesaria Evora, Zéca Pagodinho, Tete Montoliu. También a Miles Davis, a Charlie Parker, a Billie Holliday, a Nina Simone. En fin, no acabaríamos. De hecho, no sé si hay alguna música que no venga de la música de raíz. Seguramente no.

Cuando me recuerdo a mí mismo hace unos años avergonzado por escuchar a toda esta gente, me enfado. De esto me he dado cuenta con los años, cuando he visto que poco me importan las listas de éxitos, los rankings. Con los años también me he cruzado con gente que no solo ama la música de raíz, sino que la estudia, la investiga, la respeta, la toma como referencia y la homenajea. Y es porque creo que la música de raíz es una música importante que yo les admiro y les respeto a todos ellos: desde mi querido amigo Alessio Arena y la nova cançó, la canción latinoamericana, el flamenco; mi admiradísima Mayte Martín y su compromiso con la honestidad en la música; Maria Arnal i Marcel Bagès y las canciones de campo, casi olvidadas; Lorena Álvarez y la canción tradicional asturiana; Névoa y su fado con acento catalán; Raynald Colom y su trompeta a veces flamenca; María Rodés y su personalísima revisitación de la copla; Carles Dènia, Coetus, Marina Rossell, Eliseo Parra, Pep Gimeno Botifarra, Flamaradas, Elena Gadel, Las Migas, Gemma Humet, Rusó Sala

Cuando me preguntan ahora por la música que me gusta respondo que me gusta todo tipo de música, pero especialmente el folklore. Soy un folklórico, sí, y a mucha honra.

En Twitter: @victorclares

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