El machismo: ¿Cómo afecta a los hombres?

we can do itVíctor F. Clares | @victorclares

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”
–Simone de Beauvoir.

Os voy a hablar de mi amigo Xavi. Tiene 27 años. Es profesor de educación física: un tío guapete, de buen ver. Es un fiestero de raza y un gran amante de la música y de la cultura en general. Es un tío inteligente, risueño, amable, y diría que una de las personas más cariñosas que conozco; de esos que te da un beso o un abrazo sin motivo, porque sí, y en cualquier sitio. Es un cachondo absoluto, pero también un gran conversador. Nos vemos poco, y cuando nos encontramos, además de birrear de lo lindo, es de esos que pregunta cómo estás, y que además escucha la respuesta. Y cuando no nos vemos, de vez en cuando, me sorprende con un t’estimo –te quiero– vía whatsapp, un día gris entre sema- na, o una madrugada entre copas. Hace lo mismo con el resto de sus amigas y, atención, también con sus amigos. Es hetero.

Si hago memoria e intento recordar mi época de adolescente, en el instituto, no me viene a la cabeza ningún Xavi. En aquel entonces, si un chaval se acercaba demasiado a otro, en un acto de afecto espontáneo, o entre juegos, podía recibir un empujón y ser tachado de nenaza, o de maricón. Sí, como si ser una mujer o ser maricón fuese algo de lo que avergonzarse. Demostrar el cariño no es de ser un hombre. No hace hombre. O eso es lo que nos han metido tradicionalmente en la cabeza. En cambio, ¿qué tiene que hacer un chaval para ser considerado un machote, un tío de verdad? Pues todo lo contrario: mostrarse cuanto más duro mejor. Y seguir una serie de rituales que le presentaran como un auténtico ejemplo: empezar a fumar cuanto antes mejor, beber más que ninguno de sus colegas en los primeros botellones, no mostrar debilidad, resolver los problemas mediante la fuerza… En definitiva: rebelarse. Ante todo y ante todos. ¿Quién si no interrumpía normalmente las clases del instituto?

 A los hombres nos han enseñado a competir, y no a compartir

A los tíos nos han hecho creer que debemos ser siempre los primeros y los mejores: los más rápidos en una carrera, los más graciosos de la pandilla de amigos, los que ganen el sueldo más alto de toda la familia… En un aula es más hombre el que hace el chiste más bestia sobre el profesor, no el que le muestra respeto. En una discusión es más hombre el que grita más, y a veces el que mete el mejor revés, no el que argumenta mejor. En una autopista es más hombre el que más corre, no el que respeta la velocidad máxima permitida. Es más hombre el que no llora, que el que expresa sus sentimientos sin tapujos. Es más hombre el que se refugia en sí mismo, y no el que pide ayuda si la necesita. ¡Porque claro, los hombres no necesitamos ayuda! A los hombres nos han enseñado a competir, y no a compartir.

Todos esos valores que residen en la idea de lo que es ser un hombre no son otra cosa que una representación más del machismo que impera en nuestra sociedad. Ese modelo de masculinidad que arrastramos desde hace años tiene unos efectos secundarios perjudiciales y gravísimos para todos: para las mujeres, que han sufrido y siguen sufriendo la violencia machista –la visible y la invisible–, pero también para los hombres. ¿Por qué cuando hablamos del machismo no hablamos nunca del efecto negativo que produce, precisamente, en los tíos? El machismo es una lacra social que afecta a las mujeres y a los hombres.

¿Sabéis que casi el 80% de los accidentes de tráfico los protagonizan los hombres? No es casualidad. Es la consecuencia de llevar a la práctica un modelo de masculinidad mal entendido. Corren, se la pegan, se matan en la carretera, pero eso sí: las que conducen mal son las mujeres, “¡Mujer tenías que ser!”. Hay más: alrededor del 90% del total de presos españoles son hombres. Es mucho más frecuente el alcoholismo en hombres que en mujeres. También lo es el fracaso escolar. Y podría seguir.
El machismo es una lacra social que no sólo afecta a las mujeres, sino también a los propios hombres. Es por ello que erradicar el machismo debe ser un objetivo común de hombres y mujeres para conseguir una sociedad más justa. Rebelémonos todos contra un modelo de masculinidad que es caduco y perjudicial.

El machismo es una lacra social que no sólo afecta a las mujeres, sino también a los propios hombres. Es por ello que erradicar el machismo debe ser un objetivo común de hombres y mujeres para conseguir una sociedad más justa. Y digo más. Las mujeres llevan luchando por esa justicia social durante siglos. ¿Qué tal si a esa lucha se suman los hombres? Iría tocando. Y no algunos: todos. ¿Qué hacían los hombres mientras las mujeres se manifestaban por el derecho al voto? ¿Y cuando salían a la calle para gritar por el de- recho a interrumpir su embarazo? ¿Y cuando salían para gritar contra la violencia machista? Había algunos, sí, pero no los suficientes. Rebelémonos. Rebelémonos todos contra un modelo de masculinidad que es caduco y perjudicial.

Os hablaba antes de Xavi, mi amigo. Él, para mí, forma parte de lo que yo entiendo como los nuevos hombres. Pero no solo él: también mis amigos Willy, Javi, Stefano, Dani, Adrià, Ferran, Kake, Abel, Josep… El mundo está muy jodido, sí, pero el mundo está cambiando. Quizás no tan rápido como nos gustaría, pero lo está haciendo.

Los nuevos hombres: ¿Quiénes son?

Los nuevos hombres existen, y se multiplican. Y, ¿quiénes son? Los nuevos hombres son aquellos que prefieren hablar a pegarse. Son los que ni siquiera contemplan la violencia como solución a sus problemas. Los nuevos hombres son los que asisten a las reuniones del colegio de sus hijos –¡porque también son tuyos, y también son tu responsabilidad, tío!– y se preocupan por lo que les pasa, por quiénes son sus amigos… Los nuevos hombres son los que, en medio de un restaurante, se levantan para cambiarle los pañales a su hijo o hija. ¿Por qué esa sala para cambiar los pañales de los bebés está siempre en el lavabo de las mujeres, y no en el de los hombres? Los nuevos hombres son los que no necesitan acelerar, si no disminuir la velocidad de su coche. Los nuevos hombres son los que disfrutan del fútbol, pero también de una obra de teatro, o de un espectáculo de danza; porque ser culto no es algo de lo que avergonzarse. Los nuevos hombres se preocupan de sus padres cuando son mayores y están enfermos, y no los que escurren el bulto y le dejan la responsabilidad a sus hermanas. Los nuevos hombres son los que no dan la espalda a los que son diferentes a ellos: son los que les dan un abrazo, o un beso. Los nuevos hombres tienen gestos de afecto y expresan sus sentimientos: con cualquiera, y de forma natural, cotidiana. Los nuevos hombres son los que entienden que fallar no es fracasar, ni ser más débil. Y saben que tener momentos de debilidad es lo más común del mundo, lo extraño sería no tenerlos. Lloran –sí, porque los tíos también lloramos–, sin necesidad de esconderse. Los nuevos hombres son los que explican sus problemas y piden ayuda si la necesitan.

Que los nuevos referentes sean los de las personas que luchan por la justicia social y no los que luchan contra ella

Los nuevos hombres existen, pero deberían existir más. Acabemos de construir este nuevo modelo –o modelos– de masculinidad entre todos, y démosle valores positivos. Haga-mos que el referente para los más pequeños sean estos hombres, y no los machotes cazurros y casposos a los que hemos imitado. Y hay más: que sean un referente, pero no el único. Históricamente hemos creído que el modelo a seguir era el de un varón, heterosexual, de clase alta y de raza blanca, y con unas características determinadas. Hemos imitado y perpetuado ese cliché tanto hombres y mujeres. No cometamos los mismos errores. Que los referentes para los más pequeños sean también las mujeres, que tanto han hecho por conquistar derechos sociales y por conseguir un mundo más justo. Que lo sean también los gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, negros, pobres. Que los nuevos referentes sean los de las personas que luchan por la justicia social y no los que luchan contra ella.

En Twitter: @victorclares

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